Los templos Chiitas de Irak
El primer templo sagrado que visite en Irak fue el de Al-Jawadain y desde ese momento me quedo claro que no podría introducir equipo fotográfico profesional. Lo mismo aplicaba para los templos sagrados de la ciudad de Karbala y Najaf. Solo se podía introducir la camara fotográfica del celular.
Cuando nos aproximamos hacía el gigantesco recinto vi a un Imam que salía de él. En forma evidente era un Imam de gran jerarquía y bajo el conocimiento que me proporcionaron varios días en el país del lejano oriente, sabía que los Iraquíes eran gente muy amigable, generosa y curiosa para conocer extranjeros. Es por eso que me acerque a él y empece a platicar con él, aunque la barrera del idioma hacía que todo permaneciera en apretones de manos y sonrisas mutuas. Mohammed quién era nuestro guía, medio por mí y empezó a traducir las cosas que nos decíamos. Aprovechando la ocasión le dije al Imam que era un fotógrafo y que tenía gran curiosidad de documentar lo que sucedía allá adentro con fines meramente turísticos.
En ese momento la cara de Mohammed se torno agria, seria y con un aire de preocupación. En forma evidente su gesticulación denotaba que estaba rompiendo una regla sobre entendida en la cultura. De cualquier manera el Imam acepto ayudarme y le proporciono su número de teléfono a Mohammed, para que este le llamara una vez que estuviéramos adentro.
La actitud de Mohammed cambio totalmente. Era parecida a la del niño que había obtenido ese permiso de sus padres que ni siquiera se debía pedir. Su energía se torno desbordantemente positiva y una gran sonrisa se había instalado en su cara.
Cuando llegamos al perímetro de seguridad los guardias empezaron a revisar mi equipo y Mohammed les dijo sobre lo que habíamos hablado con el Imam, agregando que yo era un fotógrafo que publicaba en diferentes revistas.
Los guardias asintieron pero dijeron que primeramente debían obtener la aprobación de la administración. Es por eso que se comunicaron por radio y estos les dijeron qué esperaran un momento para obtener respuesta.
A los pocos minutos aparecieron unos guardias que nos invitaron acudir a las oficinas del recinto religioso. Ahí nos recibieron dos hombres quienes me hicieron saber en forma inmediata que no podría tomar fotografías y por ser yo, ni siquiera con mi celular. Me dijeron que debía obtener un permiso de algo parecido a un ministerio religioso Iraquíe. Por lo tanto me hicieron firmar un documento en el que estaba de acuerdo en cumplir con lo ya dicho, nos tomaron fotos a mí y a mi esposa, mientras sacaban fotocopias de nuestros pasaportes y visas.
Fue en ese momento en que sentí el peso cultural sobre mis hombros. Ese peso que me había querido quitar de encima tan solo media hora atrás, ante la mirada atónita de Mohammed. Algo parecido a lo que tal vez sienten los hombres y mujeres que se sumergen a las profundidades del océano sin tanque de oxigeno. El precio de introducirse más profundamente es cargar todo el peso del agua sobre sus hombros.
Sin embargo hay algo allá abajo que los hace regresar y regresar. Es tal vez algo sobre ellos mismos que solo se revela en las profundidades del océano y del ser.
Ese es tal vez el efecto que causa en las personas que practican con gran fe una religión. Están sujetos a sus apremiantes ataduras pero obtienen algo a cambio. En muchas ocaciones es esperanza, la cual es mas valiosa que todo el oro del mundo.
Aun cuando no llevaba la camara fotográfica trate de prestar atención a los detalles para que quedaran impresos en mi mente. Esas cúpulas forradas en oro que durante el día brillaban a la distancia como un sol, en la noche desplegaban la luz artificial que se reflejaba en ellas con gran majestuosidad. En sus interiores columnas de mármol talladas con gran exquisites, sostenían arcos y cúpulas forradas con miles y miles de espejos pequeñitos como aquellos que nos dieron los españoles a cambio de todo nuestro oro cuando llegaron a America. Esos espejos reflejaban la luz de hermosos candelabros hacía todas direcciones alumbrándolo todo, incluyendo los hermosos tapetes que se sentían fríos por los potentes aires acondicionados. Era un remanso de paz que emulaba a un oasis en el desierto. El ambiente simplemente invita a estar ahí.
Cientos de peregrinos rezaban en su interior. Muchos llevaban a sus enfermos, discapacitados o hasta sus muertos. Unos irrumpían en llanto mientras rezaban ante la hermosa reja que nos separaba de los restos mortales del Imam. Unos parecían colgarse o sostenerse de ella mientras se derrumbaban y pedían con devoción y desesperación al difunto Imam para que intercediera por ellos ante Ala para que les concediera algún milagro.
Las mujeres debían entrar por un acceso diferente al sagrado templo y solo afuera las parejas se podían encontrar. Así lo hizo mi esposa y me platico que ese gran peso cultural se reflejaba en algunos regaños por no llevar la cabeza cubierta en forma apropiada o por no reverenciar ese recinto sagrado. Otras mujeres dice que estallaban en un llanto acumulado por el dolor de varios años. Finalmente se sentían acogidas en lo mas interior de su ser, entonces esas ganas de consuelo oprimido se desbordaba.
Las grandes cúpulas magnificaban las oraciones y los espejos parecían reflejar y multiplicar la fé en todas direcciones.
Los templos sagrados son de una belleza abrumadora al igual que los rituales de fe que se manifestaban dentro de ellos.
No había visto algo parecido a eso desde que era un niño y acudía a la iglesia donde los feligreses le rezaban a los santos y se aproximaban a la imagen de Jesus en forma reverencial. Al igual que en Islam los creyentes parecían descargar su gran carga emocional frente a algo que evoca fe y amor en sus personas.
El ser un observador magnifica los eventos y fácilmente podría criticarlos. Ciertamente hay muchos aspectos criticables cuando se observan las cosas desde la posición del observador.
De hecho para Occidente el Islam es una fe de fanáticos y de terroristas. Pero me pregunto cómo se observara desde fuera a Occidente cuando las personas acuden a los centros comerciales para comprar y consumir cosas. A los ojos del observador tal vez pareciera que compramos y volvemos a comprar amuletos desechables que nos ayudaran a ahuyentar los fantasmas de la soledad y del vacío espiritual. Cuando menos nos proporcionan una fugaz y efímera sensación de bienestar y felicidad u olvido de nuestro estado. En el paraíso del consumo sus hijos toman las armas y aniquilan a todos para después borrarse a ellos mismos de la vida. Como si esa fé que algunas religiones proporcionan en forma de charlatanería, el consumismo simplemente no la proporciona y los jóvenes pierden la esperanza.
Yo solo tuve la oportunidad de estar ahí y al observar, cuestiono su mundo y el nuestro. Creo que cualquier creencia que aligere nuestra carga y nos motive para seguir adelante cumple con su cometido. Estas fotos las tome con mi celular dentro del templo sagrado del Imam Ali en la ciudad de Najaf. Fuera de la jurisdicción del documento que había firmado en Karbala.








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